Que tu espíritu cante (Cuento)

 

No me gusta mi trabajo.

No, espera.

No es que no me guste.

Detesto, aborrezco y ODIO con toda mi alma mi trabajo.

Odio mis circunstancias, aborrezco a mis compañeros y detesto mi horario.

Esto NO es lo que quiero para mi vida, me repito una y otra vez.

Pero eso es lo que tengo.

¡Tengo una familia que sostener! (Y por familia me refiero a mis dos hijos y mi madre enferma.)

Soy madre soltera, y no cuento PARA NADA con la ayuda del padre de mis hijos.

Él fue el gran error de mi vida, pero mis hijos… ellos me necesitan. Romel y Javier. Son la luz de mis ojos.

Siento que recupero mi vida cuando regreso a casa y veo sus ojitos iluminarse mientras corren a abrazarme. Incluso valoro y aprecio el tiempo que paso a altas horas de la noche (o muy temprano en la mañana) cocinando sus alimentos, o preparando sus loncheras, o lavando su ropa.

A veces lloro, abrazando un par de calcetines sucios. Están creciendo tanto y tan rápido y yo me lo estoy perdiendo, por culpa del MALDITO trabajo*.

*Y por culpa de mi exmarido, pero mi terapista me dijo que debo perdonar y sanar, así que intento lo menos posible culparlo… o mencionarlo, o recordarlo.

No puedo más. Estoy…

Un compañero de trabajo se acerca a mí. Está cantando… o susurrando algún cántico. ¡Por amor a Dios!Necesito silencio.

Le pregunto qué hace. Me contesta que su espíritu está cantando. Yo lo miro confundida y él se ríe. Me dice que, cuando el día está muy difícil, cuando no le quedan fuerzas para más, le habla a su espíritu. Él está seguro de que, aunque su mente y su cuerpo se cansen, el espíritu no. El espíritu cada día es renovado por Dios.

“Así que le digo a mi espíritu que me anime y me ayude a resistir. A veces, me transmite una leve sensación de paz. Otras veces canta. Muchas veces, yo le pido directamente a mi espíritu que me cante”.

Lo estoy mirando como si se hubiera vuelto loco, pero algo extraño está pasando en mi interior.

“¿Así que no eres tú el que canta? ¿Es tu espíritu?”

El hombre asiente, y yo me llevo una mano al pecho disimuladamente. ¿Qué me está pasando?

“¿Y cómo sabes que es el espíritu el que canta?” le pregunto en un susurro.

“Simplemente… lo sé. Es un cántico que nace en lo profundo de mi ser, que proviene de los recuerdos hermosos que atesoro en mi interior, algo que no puedo entender del todo. No puedo comprender cómo soy capaz de cantar, de sentir paz, de expresar amor en medio de todo lo que vivo, así que estoy seguro de que es mi espíritu, porque mi mente, no podría hacerlo”.

El hombre se queda mirando hacia una pared, embelesado, transportado, pensando en algo o en alguien lejos de aquí, antes de seguir hablando.

“Aquí el trabajo es muy difícil, y mi hija está tan enferma y yo…”

Él se detiene. Creo que va a llorar, pero la que llora soy yo.

¡Estoy llorando!

¡Aquí y ahora!

Entonces él sacude la cabeza y una vez más empieza a susurrar la hermosa melodía.

Una media sonrisa aparece en su rostro. Y parece que otra vez siente paz. Me hace un gesto de despedida con la mano y sigue caminando.

Yo ahora tengo ambas manos en el pecho, mientras mis lágrimas caen libremente. Me levanto de mi silla. La sensación en mi pecho ahora es más fuerte y más obvia. Es como un río que quiere salir de su cauce, un río que sé que, si sale, limpiará todo y me ayudará a sanar. Es algo nuevo lo que siento, pero debo dejarlo salir.
Respiro profundo, y le doy libertad.

Sonrío. Después de muchas semanas, meses, tal vez años, siento paz. Mi oficina ya no huele a papeles y tinta, sino a las medias de Romel. No escucho el sonido del caos a mi alrededor, porque es opacado por las risas de Javier que retumban en mi interior. Camino como en el aire, y me sorprendo de ser capaz de sentir tanta paz.

Abro mi boca y, entonces, por primera vez, mi espíritu empieza a cantar.

FIN

Este cuento apareció por primera vez en el libro Sanando con creatividad, disponible en Amazon.

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