Chewbacca y las relaciones rotas

En Navidad, mi madre me regaló un adorno para colgar en el árbol. Me obsequió un Chewbacca, pues sabe que soy fanático del personaje de las películas de Star Wars. Con el adorno aprendí una lección poderosa que nunca olvidaré.

Credit: VectorFree.com / Alice Olivier

Credit: VectorFree.com / Alice Olivier

Me emocionó el regalo. Realmente aprecié mucho mi Chewbacca. Desde que lo recibí, lo mantuve cerca de mí, en mi regazo. Unos minutos después, me levanté del mueble en que estaba sentado. El adorno cayó al suelo, rompiéndose una de sus piernas de cerámica al instante.

Mi pobre Chewbacca, después del accidente.

Mi pobre Chewbacca, después del accidente.

Quería culpar a alguien, pero no podía. El responsable había sido yo.

Sentí muchas emociones. Culpa, vergüenza, tristeza, decepción, frustración… Pero no estaba dispuesto a rendirme. Al llegar a mi casa, reparamos con pega caliente el Chewbacca, y yo volví a sonreír. Parecía como nuevo.

Parecía, pero no lo estaba.

Lo colgué del árbol de Navidad con cuidado y admiración. Allí estuvo por varios días.

Chewbacca: reparado y en mi árbol navideño

Chewbacca: reparado y en mi árbol navideño

Una vez terminada la temporada navideña, lo saqué para guardarlo. Entonces, se me cayó otra vez.

En esta ocasión, no solo se partió una pierna. Se hizo pedazos.

Yo miraba incrédulo el desastre, sintiendo una mezcla de emociones otra vez, pero al mismo tiempo, sabiendo que estaba pasando algo más profundo de lo que mis ojos veían.

Muchas veces, intentamos reparar y salvar relaciones, momentos, amistades, que están más allá  de cualquier arreglo posible.

Queremos remendar y restaurar, aun cuando es más que obvio para todo mundo a nuestro alrededor que no hay arreglo. Nos aferramos a lo que pudo ser, al pasado, a las buenas intenciones.

Incluso, algunas veces, pensamos que hemos logrado hacer la restauración, que todo ha cambiado, y exhibimos orgullosos nuestra obra maestra. Luego, terminamos con el corazón destrozado dos veces en lugar de una, con una ruptura aún más dolorosa que la primera.

Tal vez debimos haber aprendido la lección.

Hay cosas, relaciones, personas,  que solo las puede remendar Dios. No tú. No yo. Así que debemos dejarlas ir y permitir que Dios haga su obra.

Aún luego de la segunda caída, yo quise conservar el Chewbacca destrozado. Ya no servía, pero estaba cargado de buenos deseos, recuerdos y esperanzas. Simbolizaba algo, pero en realidad, ya no funcionaba. ¿Cuántas veces, del mismo modo, nos aferramos a algo o alguien simplemente por el recuerdo de lo que fue, pero ya no será? El problema es que, cuando guardamos esas piezas rotas e inservibles, no damos paso para que lleguen las cosas nuevas.

Tuve que reconocerlo.

Con melancolía, tuve que abandonar a mi Chewbacca de cerámica, agradecido siempre por el regalo, aunque duró poco. Decirle adiós a algo no significa olvidarlo o menospreciar los buenos momentos, significa sacar lo viejo para dar espacio a lo nuevo.

Creo que es hora de sacar lo que ya está roto, lo que no funciona.

¿Y si Dios lo arreglara?, podrías preguntar.

¿Y si Dios lo tomara en sus manos y lo hiciera como nuevo, qué hago?

Ah… Esa decisión la tomarás tú, pero al menos yo, aún tengo espacio en mi árbol de Navidad.

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Comments

  1. Mary Fernández says:

    Me sentí identificada con tu historia. Era experta en remendar relaciones… Gracias!!

  2. Heysha Hernandez says:

    el problema es si no se dice adios,no se sabe si se saco lo viejo o quedaron pedasos obstruyendo el paso para algo nuevo,pero gracias,esta muy bonito y sirve para reflexionar,pobre chewbacca

    • Félix Hommy González says:

      Definitivamente. Decir adiós es parte del proceso. Puede ser difícil el cambio, pero es necesario muchas veces abrirnos a lo nuevo, y para eso hay que sacar lo viejo. Gracias por tu comentario.

Trackbacks

  1. […] Seguimos en relaciones que hace años no funcionan. Vamos a lugares a los que ya no deberíamos estar entrando. Nos aferramos a creencias o tradiciones que hace tiempo no son reales en nuestros corazones. Usamos un lenguaje que ya no nos identifica. Permanecemos en trabajos que se nos quedaron pequeños y no nos dejan crecer. Seguimos asistiendo a iglesias con las que ya no nos sentimos identificados.  Continuamos viviendo en lugares en los que no podemos ser felices. Seguimos haciendo cosas que antes nos hacían sentir bien, pero ahora, nos hacen daño. […]

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