Más que un juego de dominó (Cuento de familia)

FreeImages.com / Elvis Santana

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“¿Por qué te escondes?”

La voz de la abuela Rita le sonó a Daniel en su oído como si fuera la trompeta que anuncia una guerra. Daniel se asustó y de un brinco quedó cara a cara con la anciana.

Abuela Rita miró hacia el patio de la casa. Las mujeres de la familia chachareaban en sillas de playa plegadizas bajo un árbol de mangó. Los hombres, con risas estruendosas, jugaban al dominó alrededor de una mesa de madera. La mirada del pequeño Daniel también fue a parar a aquella mesa. Mordió su labio con notable nerviosismo. Rita, comprendiendo lo que pasaba, posó su enorme y carnosa mano sobre el hombro de su nietecito, y con afecto le dijo: “¿Tienes miedo de que te llamen a jugar?”

Daniel miró a la abuela a los ojos una vez más, esos ojos dulces que en sus diez años de vida le habían mirado con amor en tantas ocasiones. Deseaba quedarse con abuela Rita en la cocina, o con su mamá y sus tías bajo el árbol de mangó. El horror y el nudo en la garganta que le producía pensar en irse a sentar con su hermano mayor, su padre, su tío Segismundo y su primo Manolito era algo que su abuela no comprendería. Ya era un niño grande, no estaba supuesto a sentir tanto temor. Sin embargo, desde hace unas semanas, lo único que sentía era miedo.

La abuela no apartaba la mirada de su rostro. De repente, Daniel escuchó que el volumen de las risas aumentaba, seguidas del sonido de las fichas del dominó que chocaban unas con otras. La partida había terminado. Su hermano se levantaba de su silla, haciendo espacio para que Daniel fuera a jugar. Su padre le miró y le hizo señas con la mano. El niño no se movió. Miró a su abuela una vez más y decidió pedirle ayuda.

“Abuela, no puedo ir a jugar. Me da miedo” dijo Daniel susurrando, mientras su hermano pasaba por su lado y entraba a la casa.

“¿Por qué, mi tesoro?”

La abuela bajó a su nivel para poder acariciar su rostro y le sonrió.

“Yo… Yo no soy bueno… no soy bueno jugando al dominó. Solo veo fichas con bolitas negras. Los demás… los demás que juegan ven planes, y números y estrategias. No quiero que se burlen de mí. No quiero perder.”

Mientras Daniel explicaba, trataba de hablar despacio y con pausas frecuentes. No quería que lo vieran llorar. Rita,  con su rostro lleno de compasión y entendimiento, rodeó con sus brazos a Daniel y habló en su oído.

“Mi niño Daniel, escúchame bien. No es importante que juegues bien. Tu papá lo que realmente quiere es pasar tiempo contigo.”

Abuela Rita hizo énfasis en la palabra papá. Daniel asintió. Apretado por su abuela, se sentía seguro.

“¿Recuerdas aquella vez que fuiste a pescar con tu padre por primera vez? No tenías  ni idea de cómo hacerlo, mas regresaste a casa con el mejor pez de todos.”

No hacía tanto tiempo de aquel suceso. ¿Por qué lo sentía como si hubiera ocurrido tantos años atrás?

La abuela soltó al niño por un momento para mirarlo a los ojos.

“Todo va a estar bien. Mira bien quién está al otro lado de la silla que tú ocuparás. Es tu padre. No importa lo que esté pasando, sigue siendo tu papá. Y como el día de aquella pesca, hoy estará contigo en todo el proceso y te ayudará. Nunca estás solo. Para eso está tu papá, para eso está tu mamá, para eso estoy yo. Para eso está tu familia.”

Daniel respiró profundo. Era la primera reunión familiar desde que su papá se había marchado de la casa, semanas trás. Muchas veces su abuela le había repetido que el hecho de que la relación entre sus padres hubiera terminado, no significaba que él dejara de ser su padre.

Necesitaban estar más unidos que nunca.  Ya no vivían bajo un mismo techo, pero ese seguía siendo el padre amado que le enseñó a pescar. Así que, dándole un beso en la mejilla a la mejor abuela del mundo, Daniel corrió a su lugar en la silla vacía, frente a su padre.

Miró una vez más a Rita, que le sonreía.

La vida ahora sería diferente, ciertamente, pero no tenía miedo.

Estaba con su abuela. Estaba con su familia.

Estaba en casa.

FIN


 

Lección para sanar:

La familia siempre será familia. El vínculo familiar es uno que no se puede romper, no importa la distancia, el tiempo o las circunstancias difíciles que enfrenten.

Acción para sanar:

Si por circunstancias de la vida te has alejado de algún familiar (o él se ha alejado de ti), busca restaurar la relación. Dale una llamada, regálale una visita, recuerden viejos momentos, dile algo por lo que estás agradecido. Aún hay tiempo de reparar lo que el tiempo, la dejadez o un malentendido pudo romper.

También, entra a este enlace para leer otro cuento corto acerca de la familia.

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