El paso del tiempo y el saúco amarillo

Hay árboles que han marcado mi vida.

En realidad, no fueron exactamente los árboles, pero ellos fueron testigos de grandes momentos.

El árbol de mangó

Recuerdo lleno de nostalgia el árbol de mangó que se encontraba en el patio de la casa de mi abuela paterna. Cuando viene a mi mente, recuerdo los juegos con mis primas, y cómo se trepaban en el árbol a escondidas de nuestra abuela. Recuerdo los cumpleaños que se celebraron a la sombra del viejo árbol. Recuerdo los cuidados, besos, historias y canciones de mi abuela, que ya no está con nosotros. El árbol tampoco está, ya que fue cortado años atrás.

El flamboyán

También recuerdo el inmenso y majestuoso árbol de flamboyán junto a la casa que habité en mi niñez. Al recordar el árbol, mi mente se llena de otras memorias, como la de los carritos de juguete que me traía mi padre cuando llegaba de trabajar. Yo esperaba el momento con emoción. Recuerdo además cómo jugaba a pintar círculos en las paredes, porque en realidad eran portales que yo podía atravesar y así visitar otra dimensión. Recuerdo las fiestas para despedir el año, en especial una en que mi bisabuela bailaba con mi abuelo, mientras el imponente árbol los miraba desde afuera. El árbol, ya no está. Mi abuelo y mi bisabuela… tampoco.

El árbol de limón

Recuerdo el árbol de limón que había en el centro del patio de la casa en la que viví durante mi adolescencia. Cuando estoy muy nostálgico, viene a mi mente ese árbol y lo que pasó allí. Recuerdo cuando los tiempos eran sencillos y mi única responsabilidad era jugar y aprender. Recuerdo a mi difunta gata, Bologna, que vivió en esa casa con nosotros, y le gustaba recostarse bajo el árbol. Recuerdo las divertidas peleas con mi hermana, que incluyeron, una vez, lanzarme la gata, que cayó en mi pecho, enterrando sus garras en mí para no caer al suelo. Recuerdo bien el huracán Georges, para el cual nos unimos como familia, todos juntos, en una sola habitación, mientras las ventanas se estremecían, y nosotros comíamos comida chatarra como si fuera una gran fiesta. Yo simplemente me sentía seguro porque estábamos todos juntos. Ahora, las cosas son diferentes. Luego del huracán, el árbol ya no lució igual. El huracán derribó la mayor parte de sus ramas. Tampoco vivo ya en esa casa, ni con mis padres, ni con mi hermana.

El saúco amarillo

Recuerdo todos esos eventos y los árboles que fueron testigos. Entonces, pienso que los tiempos pasados fueron mejores.

En eso estoy pensando mientras doy mi caminata de todas las mañanas, pero entonces me detengo.

Miro a mis lados y hacia arriba. Observo los árboles de saúco amarillo que bordean toda la acera por la cual camino religiosamente cada día.

Y respiró hondo, y me doy cuenta de algo.

Hasta ese día, no los había observado. No les había prestado atención a sus hermosas flores amarillas. No me había dado cuenta tan siquiera de que existían. Había estado tan ocupado recordando mis viejos árboles, que me estaba perdiendo de apreciar los nuevos.

Los observé por un largo rato, e incluso tomé un par de fotos, para no olvidar.

Sí, seguiré agradeciendo y atesorando los recuerdos de los viejos árboles, de aquellos que ya no están, de los tiempos y personas que se fueron, y nunca más volverán. Pero, por amor a Dios, quiero empezar a atesorar y valorar los árboles nuevos. Las nuevas relaciones. Los nuevos momentos. Las nuevas amistades. Las nuevas aventuras. Las nuevas fiestas. Los nuevos tiempos. Porque sé que, en un futuro, dentro de muchos años, recordaré los saúcos con el mismo afecto y la misma nostalgia que hoy recuerdo el árbol de mangó, y el de limón, y el majestuoso flamboyán…

No quiero que el recuerdo de lo que he perdido nuble la emoción de lo que he adquirido con el paso del tiempo. Quiero que el recuerdo del pasado permanezca, pero no para impedir que disfrute el presente, sino para que sirva de experiencia, y me haga vivir un presente más rico.

Quiero crear nuevos recuerdos.

Y lo estoy haciendo.

Bajo esos saúcos amarillos, tengo mi tiempo de oración a Dios. Caminando junto a ellos, tengo las mejores ideas para escribir en mi blog, y para escribir nuevos libros. Esos árboles han sido testigos de mi adultez, tal como los anteriores lo fueron de mi niñez y mi adolescencia. Esos árboles, en mi vejez, traerán a mi mente recuerdos de mi esposa, de mis compañeros de trabajo, de mis sueños, de mi escritura, de Sanando con creatividad. Por eso, de ahora en adelante, cuando pase cerca de ellos, los admiraré y daré gracias a Dios.

Yo he elegido atesorar, valorar, recordar y apreciar. Sí, el mangó, el flamboyán y el limón, que ya cumplieron su tiempo, pero también el saúco que tengo frente a mí.

Te invito a que tú hagas lo mismo a partir de hoy.

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