El poder sanador de las lágrimas

Mi abuelo paterno murió cuando yo era un niño. No recuerdo con exactitud qué edad tenía; fue hace muchos años. Lo que sí puedo recordar con claridad fue mi reacción ante el suceso.

Photo credit: FreeImages.com / Torli Roberts

Photo credit: FreeImages.com / Torli Roberts

Recuerdo que estaba en el auto con mi madre, de camino a casa del abuelo. Toda la familia cercana ya estaba allí, pues sabían que abuelo estaba en sus últimos momentos. Mi mamá recibió la llamada mientras conducía y me lo informó.

Había muerto. No logramos llegar a tiempo.

Recuerdo que al llegar, observé que casi todo mundo lloraba. Yo no. En medio del caos, había decidido no derramar ni una sola lágrima. No puedo recordar bien el por qué. Tal vez fue porque era el nieto mayor, o el único varón; quizás porque me había comprometido a solo recordar los momentos felices, o tal vez por vergüenza, porque fue esperado, o por el hecho de que una de mis primas tampoco estaba llorando. No sé por qué razón, pero no me atreví a llorar.

Entonces, llegó el día del funeral. Recuerdo que estaba sentado, quieto, mirando el féretro con mis ojos secos.  Mi prima estaba sentada junto a mí. Y, de repente, la música de jazz comenzó a sonar.

Fue demasiado para mí.

En ese instante, todas las emociones y lágrimas que habían estado clamando por salir decidieron que no habrían de esperar más. Comencé a llorar, y mucho. Lloré con lágrimas, con quejidos, con lamento, con furia.

Mi prima también. Fue automático. Al mismo tiempo, los dos dimos rienda suelta a las emociones, y nos recostamos el uno del otro, hombro con hombro, mientras sentíamos todo nuestro dolor y frustración.

La gente nos miraba con compasión. Recuerdo bien que otra prima, mayor que nosotros, caminó por un momento hacia donde estábamos. Nos miró con lágrimas en los ojos, abrió su boca, como si quisiera decir algo, como si tuviera que hacer algo, pero solo asintió. Asintió y siguió caminando.

Doy gracias a Dios por eso.

Doy gracias a Dios por mi familia. Nadie en ese momento intentó calmarme, o decirme que todo estaría bien. Nadie me dijo que dejara de llorar. Ese fue un regalo precioso que me permitió llorar aún más, hasta que todo el dolor hubo salido. Nadie interrumpió el momento, porque sabían que allí estaba pasando algo hermoso, algo sagrado, algo casi mágico, algo que traería sanidad. El niño que no lloró, al fin podía llorar.

El poder de las lágrimas

Las lágrimas traen sanidad. El llanto es liberador. Tratamos de reprimirlo y de silenciarlo, cuando lo que debemos hacer es dejarlo fluir.

El ser humano tiene ese deseo prácticamente innato de calmar a una persona que llora. Le pasamos una servilleta, le prometemos que las cosas mejorarán, le decimos que sea fuerte. Queremos ayudar, pero no lo hacemos. Pedirle a alguien que seque sus lágrimas y siga caminando en un momento de dolor, se siente como una puñalada. Le estás diciendo que su dolor no es válido, que no tiene sentido, que nunca lo comprenderás.

Déjalo llorar. Déjala llorar. Dale ese regalo.

Y tú, date permiso para llorar también.

Era un muy joven cuando murió mi abuelo, pero aprendí el valor y el poder de las lágrimas. Luego de ese llanto, pude comenzar a sanar, y entonces sí, decidir recordar los momentos hermosos y buenos. Primero el llanto; luego llegó la sanidad.

Cuando fui creciendo, olvidé el valor de las lágrimas.

Dejé de llorar. Me volví casi insensible. Pero luego de convertirme al cristianismo, algo pasó: volví a ser capaz de llorar.

Ahora, soy un hombre profundamente emocional. No necesitas mucho para hacerme llorar. Una buena película, una noticia triste en el periódico, una despedida, un tiempo de oración, un libro, el sufrimiento de un amigo… Pero ya no me avergüenza. No tengo problemas con las lágrimas. El llanto ha estado allí para sanarme cuando ya no había nada más que pudiera hacerlo.

En la actualidad, cuando quiero hacerme el fuerte y evitar el llanto, recuerdo aquel momento junto al ataúd. Recuerdo la llamada telefónica. Recuerdo a mis primas. Recuerdo la canción de jazz. Recuerdo a mi abuelo. Recuerdo como esas lágrimas me devolvieron la paz que no podía encontrar. Recuerdo que, gracias a ellas, cuando llegó el día del sepelio, sentía tranquilidad. No lloré más. Pude sonreír, y recordar, y agradecer, y confiar.

Tú también puedes volver a sonreír, y recordar, y agradecer, y confiar.

Tal vez hoy no sepas cómo. Te preguntas si será posible.

Oh, sí lo es. Tu sanidad podría estar muy cerca. Podría estar disponible con solo derramar unas lágrimas. Recibe un abrazo de mi parte, y permítete llorar.

 

En memoria de “Abuelo Félix Mon”.

 

Esta historia aparece en el libro “Sanando con creatividad: Autoayuda, inspiración, fe y sanidad por medio de historias, películas y cuentos“, disponible aquí:

Speak Your Mind

*