El unicornio: un cuento para soñar

FreeImages.com / Anu-Liisa Varis

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Había una vez un matrimonio y un unicornio.

La pareja se amaba, pero el unicornio no existía.

Al menos, eso aseguraba el esposo.

“Los unicornios no existen, mujer. No puedes tener uno porque es imposible. Deja de soñar. Así serás más feliz.”

“Es que lo que busco no es ser feliz…” replicaba desesperada la esposa. “Soy relativamente feliz. Tengo unos hijos respetuosos, un buen hombre como esposo, e incluso un trabajo satisfactorio. ¡Pero quiero algo más! Quiero sentirme… ¡viva!”

“Nuestros corazones necesitan experimentar aventuras para sentirnos vivos.”

El esposo solo movía la cabeza. No sabía qué más hacer con la soñadora de su esposa. Día tras día, ella le insistía que salieran a buscar el unicornio en el bosque. Ella juraba que había visto su sombra pasar años atrás, cuando solo era una jovencita.

“¿Y por qué no lo buscaste en ese entonces?”

“Porque cuando apareció la oportunidad por primera vez, tenía las fuerzas, pero me llenaba el miedo. Tenía miedo a estar equivocada, a no lograrlo, a tener que regresar con las manos vacías. Ahora, mis fuerzas se están agotando, y las ocupaciones me abruman, pero no quiero vivir con miedo.”

“El miedo es una excusa para no hacer lo que fuimos llamados a hacer.”

“Mujer, ¿no te basta con todo lo que tienes en esta casa? ¿No es esto más que cualquier unicornio?”

La esposa miró a su alrededor. Tenía una casa grande. Tenía numerosos vestidos hermosos. Tenía dos hijos bien portados. Tenía incluso una gata blanca llamada Tormenta, que era capaz de hacer piruetas. Tenía mucho, pero quería todo. Sabía que era posible alcanzar al elusivo unicornio. Tenía que ser posible.”

“Está bien querer más. Dios no nos hizo para estar simplemente bien. Nos creó para más.”

Luego de días de lucha y de ver que su esposo no cedía, la mujer decidió actuar.

Una noche, luego de arropar a sus hijos y darles sendos besos de buenas noches, mientras su esposo se bañaba, corrió ella sola hacia el bosque.

Llevaba varios minutos corriendo cuando se dio cuenta de lo que estaba haciendo. Estaba abandonando a su familia para buscar un animal mitológico. Sabía que era absurdo, pero no importaba.

Sonrió al correr.

Se sentía viva. Mientras sus zapatillas se enterraban en la tierra mojada por la lluvia, sentía agradecimiento por el suelo que pisaba. Mientras esquivaba árboles, sentía amor por la naturaleza que nunca supo apreciar.

Redujo el paso. Comenzó a caminar.

Al mirar el cielo azul, se sintió agradecida de que hubiera un Dios en los cielos que cuidaba de ella y los suyos. Cuando atravesó un riachuelo agarrándose su bata de dormir, pensó que su corazón estallaría de tanta emoción por las veces que atravesó dificultades, pero pudo llegar al otro lado.

“Los regalos que soñamos con salir a buscar, pueden estar justo sobre nuestras cabezas y bajo nuestros pies. Basta con prestar atención.”

Al otro lado del río, se detuvo. Con lágrimas en los ojos, se arrodilló.

Frente a ella, estaba el unicornio.

El momento de sobrecogimiento duró poco. El animal pateó la tierra, y se lanzó a la carrera contra ella.

¡El unicornio la estaba atacando!

La mujer se levantó de un salto y comenzó a correr el camino de vuelta. Pasó el río. Pasó los árboles. Corrió bajo el cielo, sintiendo la tierra en sus pies. Llegó de nuevo hasta su casa. Abrió la puerta con rapidez. Se asomó por una ventana.

No había nada.

¿Y el unicornio?

Un pensamiento súbito la golpeó con tanta fuerza que casi la derriba.

Miró sus pies.

No había rastro de tierra. Se acercó hasta la puerta. El cerrojo estaba puesto.

Confundida, caminó hasta el dormitorio. Su esposo aún estaba en el baño.

Se sentó en la cama.

No había salido de la casa. Podía comprenderlo ahora. Nunca salió.

La mujer suspiró profundamente. Debía sentirse decepcionada, pero no lo estaba. El viaje había ocurrido solo en su imaginación, pero la había llenado de energía. Se sentía… viva.

“No tenemos que salir de nuestras casas para vivir aventuras. Nuestra imaginación es una puerta a un mundo nuevo cada día.”

Su esposo salió del baño y la miró fijamente.

“¿Amor? Te ves… hermosa.”

Los ojos del esposo brillaban.

“Hace tiempo no te veía sonreír así.”

Él miró hacia todos lados.

“¿Acaso encontraste a tu unicornio?”

Ella sonrió aún más. Se levantó de la cama y fue a abrazar al hombre que tanto amaba.

“Sí” le respondió. “Ya lo había encontrado.”

“Tu tesoro está más cerca de lo que crees.”

FIN.

 

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