La mejor forma de demostrar amor

 

Tengo mala memoria. No puedo recordar con claridad los eventos ocurridos en el día de ayer, menos aún aquellos que acaecieron cuando era un niño. Sin embargo, hay una memoria de mi niñez que quedó grabada en mi mente de forma indeleble. Es una memoria de mucho dolor… y mucho amor.

 

Tenía tres o cuatro años de edad. O eso creo. Recuerdo que estaba con mis padres en casa de mi abuela. Había una especie de reunión familiar. Estaba caminando por la casa, hasta llegar a la cocina. Allí, había una estufa eléctrica de dos hornillas… a mi alcance. No sé si estaba sobre el piso, o en una pequeña mesa, pero podía verla con claridad. Su superficie metálica y lisa capturó mi atención. Se veía tan… llamativa. Tan… inofensiva. Caminé hasta estar frente a ella. Entonces, levanté mis manos en alto.

Incluso mientras las bajaba sobre las hornillas, debatía en mi mente inocente si eso sería una buena idea o no. Pero no había comida sobre ella, así que, ¿por qué tendría que estar caliente?

De golpe, posé amabas manos, palmas abiertas, sobre las hornillas de la estufa. Una mano en cada hornilla.

Y sí, estaba caliente. Muy caliente.

Puedo recordar el dolor, vagamente. Puedo recordar mis gritos y lágrimas, vagamente. Puedo recordar como todo mundo corría a ayudarme, pero todo lo recuerdo vagamente.

No obstante, hay algo que puedo recordar con absoluta claridad, como si estuviera pasando hoy mismo. Recuerdo que mi papá me tomó en sus brazos y me levantó en alto.

No sé si me pusieron algún ungüento, no sé si mi mamá lloró, no sé si un médico me revisó, no sé cómo lucieron mis manos después del evento. Pero al cerrar los ojos, puedo recordar la sensación de estar en los brazos de mi padre, en lo alto, con mis manos extendidas y adoloridas, pero sintiéndome seguro. Puedo recordar que estaba tan alto que podría tocar la lámpara de techo con cristales colgantes que estaba frente a mis ojos. No lo hice, claro está, porque me dolían mis manos.

No recuerdo tanto el dolor, pero recuerdo lo bien que me sentí allá en lo alto, frente a la lámpara, en los brazos de mi padre.

No hay nada como el contacto físico de los seres que amamos.

Lo que marcó mi vida a mis tres años de edad no fueron las dulces palabras, ni los regalos, ni las comidas. Fueron unos brazos fuertes que me apretaban y me levantaban sobre todo problema.

Las palabras de aliento son hermosas y necesarias. La preocupación y el cuidado también manifiestan amor. Un regalo bien pensado puede marcar las vidas. Pero nada resiste contra el tiempo y el dolor, nada hace sentir mejor, nada dice más “te amo y todo estará bien”, que un abrazo.

Muchas veces, nos quedamos cortos. No tenemos palabras para expresar lo que sentimos. En esas instancias, nada lo dice mejor que un abrazo, una caricia, un beso.

Por favor, haz sentir a los tuyos amados, seguros.

Levanta a tus niños en el aire cuando lleguen de la escuela. Dale besos en sus heridas. Abraza a tu madre con más fuerza que nunca. Toma de la mano a tu esposo. Acaricia el rostro de tu abuela. Hazlo cuando estén felices, pero, sobre todo, cuando estén en dolor. Hazles sentir seguros con tus manos y tus labios. Levántalos por encima de las tormentas de la vida, del fuego, del terror. Hazles saber que todo estará bien, que pueden llegar más y más alto. Marca sus vidas para siempre.

No necesitas mucho para lograrlo. Mi padre lo logró con un abrazo.

Empieza hoy a abrazar más seguido, más fuerte, por más tiempo, y con más honestidad.

Esta historia apareció por primera vez en el libro Sanando con creatividad.  Da clic en la siguiente imagen para conseguirlo:

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