La rana en la armadura (Cuento)

Credit: FreeImages.com / Karol Wiszniewski

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“¡Hay una rana oculta en la armadura!”

La esposa del caballero soltó el casco, haciendo un fuerte sonido al caer al suelo. El valiente caballero andante dio un salto.

“¡Mujer! ¿De qué hablas?”

Su esposa era la que cada mañana, antes de salir a batalla, le ayudaba a vestirse con su pesada armadura brillante. Le sorprendía mucho que presentara en ese momento una actitud tan infantil.

“¡Hay un sapo horrible dentro de tu casco! ¡A eso me refiero!”

El caballero resopló exasperado. Se acercó al caso que estaba en el suelo.

“No hay nada que…”

No hay nada que temer era lo que iba a decir. Sin embargo, cuando estiró su mano para tomar el casco, vio la rana que estaba oculta dentro.

“¡Que el Dios Altísimo de todos los cielos nos ampare! ¡Es un animal maldito  del infierno!” gritó mientras se trepaba con torpeza sobre la mesa del comedor. La armadura repiqueteaba por el temblor en sus rodillas.

“Esa bestia no es cualquier rana” explicó desde la mesa. “¡Es una rana dorada, una rana venenosa!”

La mujer no necesitó nada más para treparse tras él, no solo en la mesa, sino sobre sus hombros, mientras gritaba desaforadamente. El caballero intentaba balancearse con el peso de la mujer sobre él.

“Mujer, ¿qué has comido que estás tan pesada? ¡Bájate de una vez!”

Definitivamente el terror había bloqueado el razonamiento de su esposa, pensó el caballero, porque la mujer ni se inmutó por las palabras que él lanzó. Solo lo soltó mientras seguía gritando. En cualquier otra ocasión, le habría dado un manotazo por sugerir que estaba gorda.

“Mujer, trae mi espada. Yo he enfrentado peligros más grandes que este. Trae mi espada y mataré a la bestia.”

La mujer lo miró con ojos saltones.

“¿Te has vuelto loco? ¡Búscala tú! ¡De aquí yo no bajo!”

A la mujer parecía que le reventarían todas las venas en su cuello mientras le gritaba a su esposo, con el propósito de provocar que a él le sangraran los tímpanos; de eso estaba seguro.

El caballero solo asintió y se limpió de la cara la saliva que le había salpicado tras los gritos de su esposa. No podía responder nada, porque él, el caballero más valiente de todo el reino, según decían las leyendas, no se atrevía a bajarse de la mesa por temor a un sapo.

“Um… podríamos llamar al exorcista. De seguro él puede hacer algo.”

Su esposa no le respondió. Se desmayó en sus brazos.

“Papá…”

Al caballero le sorprendió escuchar el llamado. Miró frente a él, y vio a su pequeño hijo de 10 años.

Debía reconocer que, en medio del caos y el peligro, había olvidado por completo que tenía un hijo. Porque era uno… ¿no? En esos momentos no podía pensar con claridad. Rezó que todos los otros estuvieran bien, si había algunos más.

“Hijo, ¡sube a la mesa! ¡Hay un demonio dentro de mi casco!”

El niño lo miró extrañado. Luego miró al casco. Entonces, para sorpresa del padre, se sentó en el suelo y metió las dos manos dentro del casco. Su madre, que recién despertaba en esos momentos, al ver lo  que sucedía, lanzó un alarido mientras se arrancaba algunos cabellos y volvió a desmayarse. Su esposo no estaba preparado, así que la pobre mujer cayó de bruces al suelo, justo al lado del casco y del niño. El caballero empezó a llorar y a vomitar.

“¡Papá!” gritó el niño. El caballero lo miró alarmado, con la cara llena de los restos del desayuno de esa mañana.

“Es una rana muerta. Está muerta.”

El niño sostenía el animal sin vida en sus manos extendidas.

El caballero suspiró.

Una rana muerta.

No le parecía tan grande tampoco ahora que estaba fuera del casco.

“Hijo…”

“La próxima vez, asegúrate de que lo que te causa tanto miedo, sea lo que estás viendo, y no algo que estés recordando.”

El caballero recordó.

No tenía otros hijos, pero sí tuvo una sobrina. Murió a las pocas semanas de nacida mientras estaba a su cuidado, debido al veneno de una rana dorada.

El caballero bajó de la mesa, tratando de no pisar a su esposa.

Fue hasta su hijo y lo abrazó, con rana y todo.

El niño era tan sabio. Mucho más que él. ¡Cuántas veces había huido asustado de una situación, cuando no había razón! Su temor no era a los momentos que vivía, sino a que se repitieran los que vivió alguna vez en el pasado.

El caballero y el niño tiraron el cadáver de la rana fuera de la casa. Luego, su hijo le ayudó a ponerse el casco.

“Te prometo que seré más valiente de ahora en adelante” dijo el caballero a su hijo antes de partir a la misión del día.

“Y si no lo eres… siempre me tendrás a mí” dijo el chico con una sonrisa.

El caballero se dirigió a la puerta de la casa, dispuesto a salir a conquistar el mundo.

Se volteó una vez más antes de salir. El sol brillaba y hacía resplandecer su armadura. El viento soplaba con fuerza.

Habló con voz de estruendo y dijo: “y recuerda hijo…”

“Alguien ayúdeme a levantar, por favor” dijo la mujer desde el suelo, por fin reaccionando.

“… ayuda a levantar a tu madre” pronunció el caballero.

FIN.

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