Las memorias de Abuela Caya

Se me fue muy pronto.

Tenía 20 años de edad cuando mi abuela materna murió, pero antes de su partida, estuvo muchos años en cama, sin poder hablar, y previo a eso, su memoria fallaba de tal manera que le era difícil reconocer qué sucedía a su alrededor. Por eso, los recuerdos de la mujer sana, fuerte e independiente que sus hijos y vecinos conocieron, están limitados a mi infancia.

Sin embargo, aunque breve, ese período de tiempo en que interactué con ella fue una bendición. Pude identificar ciertas peculiaridades en ella que, como luego comprendí, en realidad son características de la mayoría de las abuelas.

Las abuelas… consienten.

Hasta el día de hoy, el mejor café con leche que he probado en mi vida es el que preparaba mi abuela Caya. Y en esos tiempos, era el único que podía tomar. Era un niño, así que, por alguna razón, el café era casi tan prohibido para mí como el licor o el cigarrillo… excepto cuando visitaba a mi abuela. No había manera de convencerla de que no me sirviera un poco; sabía cuánto me gustaba.

Es impresionante el poder casi místico de las abuelas para identificar los gustos y deseos de sus nietos, como a veces ni siquiera sus padres pueden hacerlo. Entonces, se encargan de satisfacer esos caprichos, contra viento, marea, y la voluntad de quien sea.

Las abuelas consienten, pero mamá, papá, permítanselo. Las abuelas, regularmente, duran menos que los padres, y los nietos, necesitaremos esos recuerdos para aferrarnos a ellos cuando ellas se hayan ido.

Las abuelas… nos hacen reír (aun cuando no siempre es su intención).

No necesariamente tienen que buscar hacernos reír, pero las abuelas tienen unas ocurrencias que nos sacan sonrisas. Cayita me hizo reír muchas veces. Me hacía reír cuando se confundía al entregar los regalos de Navidad y le daba el mío a mi hermana y a mi hermana el mío. Me hizo reír cuando se le olvidó que mi hermana, accidentalmente, la había golpeado con un bate de béisbol mientras jugábamos en su patio, y entonces creaba las más increíbles historias para explicar el moretón. Y, sobre todo, me hizo reír cuando, al recibir ese golpe, nos dijo con muchas palabras soeces exactamente a dónde podíamos irnos a jugar béisbol.

Probablemente, tu abuela también te saca sonrisas, sea con su desconocimiento acerca de la tecnología, o sus olvidos, o sus refranes. Y lo mejor de todo es que, si te ríes de ella, es común que termines riéndote con ella. Es casi imposible que un nieto haga algo que resulte ofensivo para una abuela. Su paciencia para con nosotros es envidiable.

Las abuelas… nos inspiran y nos enseñan.

Mis dos abuelas eran puertas al pasado que yo disfrutaba atravesar. Algunas personas podrían sentirse aburridos escuchando las mismas historias de su niñez y juventud, pero yo escuchaba boquiabierto. Para mí, el poder escuchar de sus labios cómo eran las cosas en mi país 10, 30, 50 o 70 años atrás, era un privilegio. Escuchar los cuentos de una abuela es un tesoro que no todos valoran… hasta que ya es muy tarde. Incluso yo, que atesoré y memoricé muchas de las historias, daría cualquier cosa por poder sentarme a los pies de mis abuelas y escuchar sus cuentos, sus anécdotas, sus relatos, aunque fuese una última vez. Libreta en mano, tomaría nota hasta del más mínimo detalle, para no olvidar jamás. Cada historia de una abuela está llena de lecciones que, si recordáramos, sufriríamos menos en esta vida. Cada historia tiene inspiración para vivir, para crecer, para amar. O si no, al menos te saca alguna carcajada.

 

Son tantos los regalos que me dejó Abuela Caya, y que nos dejan todas nuestras abuelas… si estamos atentos y sabemos apreciarlos.

Si alguna de tus abuelas vive hoy, te invito a que corras a abrazarla. Escucha con atención sus relatos, aunque sean los mismos de siempre, y dale las gracias por haber bendecido tu vida.

Si ya no está en este mundo, recuérdala siempre. No dejes que sus historias, consejos, tradiciones y lecciones mueran con ella. Transmítelas a tus hijos. Yo sé que, cuando tenga los míos, les haré las historias de Abuela Caya. Les contaré del bate de béisbol, de los regalos intercambiados, del mejor café del mundo que, lamentablemente, ellos nunca podrán probar…

Y si tu abuela no se parece a esta gran abuela de la que hablo, o si nunca conociste a las tuyas, la invitación es la siguiente:

Adopta una abuela.

Identifica a una abuela que tal vez sus hijos y nietos tengan en el olvido, y conviértete en su nieto por el tiempo que le resta por vivir. Deja que te consienta, ríete con ella, y escucha con atención cada una de sus historias.

Quizás te toque la bendición de encontrar una abuela tan buena como Abuela Caya.

Y tal vez Dios te permita que la disfrutes un poco más de lo que pude hacerlo yo.

 

Tomado del libro Sanando con creatividad, disponible aquí:

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