Jugando lotería aprendí acerca de mis límites

 

Tenía 18 años de edad la primera (y única vez) que compré billetes de lotería. Una compañera de trabajo los vendía y gasté 10 dólares en ellos. Yo estaba completamente seguro de que recibiría algún premio. Hasta ese momento había estado acostumbrado a que, cuando yo pagaba dinero, me daban algo a cambio. Nunca había experimentado con el proceso de ganar algo solo “si tienes suerte”, por lo que, aunque mi mente racional sabía que no todo el que participa en un juego de azar gana, me había convencido a mí mismo de que no habría manera en que no recibiera algo.

Ya saben, pensamiento positivo.

Solo con desearlo y creerlo con fuerza, me ganaría unos cuantos miles de dólares.

El día del sorteo, emocionado, entré a buscar los números ganadores y… nada. Ni siquiera un dólar me gané. Y me molesté… mucho.

Primero, sentí ira.

¡Qué mundo más injusto! ¡Invertí DIEZ DÓLARES y no recibí nada a cambio! (Imposible para mí era comprender que existen personas que invierten CIENTOS de dólares y no ganan nada.)

Lo segundo que experimenté, fueron unas ansias locas e irracionales de volver a jugar… para ahora sí ganar. Tal vez $10 era muy poco. Debería intentar con $20, o $50… o $100.

Ganar, ganar, ganar. Mi mente fue dominada por ese pensamiento.

Sin embargo, esos pensamientos solo duraron unos minutos, porque luego me abrumó el miedo. ¿Dónde trazaría mi límite? ¿Podría detenerme? Si al jugar cincuenta dólares no ganaba nada, jugaría más y más y más. ¿Y si ganaba? ¿Querría seguir jugando, intentando obtener solo un poco más?

Haciéndome esas preguntas, comprendí una gran verdad: yo nunca podría participar de apuestas o juegos de azar. Reconocí que esa sería mi debilidad: siempre querría más. Comprendí que si tan solo jugase una vez más, si comprase un solo billete de lotería más, sería probablemente un adicto al juego, debido a mi personalidad.

Así que lo reconocí y establecí mis límites saludables.

Hay límites que son perjudiciales para nosotros. Evitan que salgamos de nuestra zona cómoda y que cumplamos aquello para lo que fuimos creados. Son límites que nos ponemos para evitar hacer aquellas cosas que nos parecen difíciles o que incluyen un riesgo. Son los límites que impiden que escribas un libro, que aprendas a bailar, que le digas a esa persona que la amas, que luches por ese ascenso. Y esos límites son perjudiciales para nosotros.

Sin embargo, hay límites positivos. Son los límites que establecemos y evitan que hagamos algo que, a fin de cuentas, nos ocasionará algún daño real, sea físico, emocional, espiritual o mental.

Esos límites podrían ser:

• No mirar películas de terror, ya que, aunque todo mundo parece que las disfruta y luego duerme plácidamente, cada vez que tú las ves, tienes pesadillas o no duermes bien.

• No ingerir alcohol, ni siquiera una gota, ya que te has dado cuenta de que cuando dices que tomarás solo una cerveza, se te hace casi imposible parar, y luego tienes que tomar una segunda y tal vez una tercera.

• No tomar café porque, aunque es delicioso y te mantiene despierto, te hace sentir ansioso, o afecta tu ciclo de sueño en las noches.

• No hablar, ni compartir, ni salir con tu ex, o con tu crush de escuela superior, o con esa persona que te parece atractiva, ya que, aunque quieres verdaderamente ser fiel, sientes que la tentación podría llegar a ser muy fuerte.

• O como en mi caso, podría ser no participar en juegos de azar, ya que reconoces que tu personalidad te hace propenso a caer en una adicción.

Como puedes notar, esos límites saludables no son los mismos para todas las personas; no existe forma en que yo pueda decirte cuáles son los tuyos. Por ejemplo, tal vez yo podría tomarme una copa de vino (mientras veo una buena película de terror) y luego no volver a ingerir alcohol en todo el mes (¡o todo el año!), ya que esa no es mi debilidad. Sin embargo, podría ser que comprar unos cuantos billetes de lotería me conviertan en un adicto al juego.

Esos límites no son los mismos para todas las personas, así que no puedo decirte cuáles son específicamente los tuyos. Es tu tarea identificarlos y velar por su cumplimiento.

Establece HOY límites saludables para proteger tu integridad física, emocional y espiritual. Si lo pospones para mañana, podría ser muy tarde.

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