Mi superpoder es llorar

Puedo recordar con claridad la noche en que, muchos años atrás, vi la película La pasión de Cristo por primera vez. Estaba en casa de una amiga; un grupo de seis o siete personas miraban la película conmigo. Y yo me sentía algo fuera de grupo.

Todos, absolutamente todos los que estaban viendo la película, lloraron en algún momento. Hubo quienes derramaron una que otra lágrima y la limpiaron con rapidez, y otros que estuvieron llorando, gimiendo y soplándose la nariz desde el principio hasta el fin.

Todos lloraban… excepto yo.

Mientras ellos lloraban, yo… bueno, estaba confundido. Las caras compungidas de mis amigos resultaban aún más interesantes e intrigantes que la película en pantalla. Yo no era una persona de llorar mucho y nunca en mi vida había llorando al ver una película. La pasión de Cristo no sería mi primera vez.  

¿Qué rayos les pasaba? ¿Por qué estaban llorando? ¿Acaso no se sabían ya la historia de memoria? Quiero decir, en Puerto Rico, un país con una gran tradición católica, antes de que vayas a la escuela ya te sabes de memoria la historia de la muerte, crucifixión y resurrección de Cristo.

Así que yo los observaba a todos sin entender lo que pasaba. ¿Había algo mal en ellos? ¿O había algo mal en mí? Salí de la casa con mis ojos secos y con un montón de preguntas.

Ahora, avancemos en el tiempo… hasta el presente.

He visto La pasión de Cristo una segunda vez. Y una tercera. Las dos veces, lloré como un bebé recién nacido. Derramé muchas más lágrimas que las que derramaron todos mis amigos aquel día.

Y eso no es todo. En la actualidad, no es sorprendente en mí derramar algunas lágrimas cuando leo una noticia triste en el periódico, cuando un amigo tiene un problema, cuando veo a un anciano solo en la calle, cuando a un niño se le cae un helado o  cuando pienso en los graves problemas que afectan al mundo hoy.

¿A qué se deben estas lágrimas? ¿Qué fue lo que cambió?

Mi fe cristiana.

A partir del momento en que abracé la fe cristiana, me volví más… sentimental.

Al principio, no comprendí.

¿Por qué el cristianismo me había vuelto un llorón? ¿Qué clase de castigo divino era este? ¿Sería retribución por las veces que otros lloraron y yo reí?

Luego, me di cuenta de algo: lo que había recibido no era un castigo; era una bendición.

Llorar es mi superpoder.

Cada héroe tiene un poder único. Yo recibí el de la empatía (y este viene acompañado, algunas veces, de una buena dosis de lágrimas).

Al volverme más empático, al ser capaz de ponerme en los zapatos de alguien más, puedo sentir dolores que no son míos como si lo fuesen. Puedo entender perfectamente cómo alguien más se siente. Al mirar una esquela en el periódico, siento un nudo en la garganta al imaginar lo que estarán pasando los familiares de esa persona. Al leer una noticia de un desastre natural, mí corazón se vuelve vulnerable imaginando el caos. Al ver La pasión de Cristo, puedo imaginar que soy yo el que carga la pesada cruz y luego muere en ella porque, después de todo, era yo el que lo merecía.

No pienses que tu sensibilidad es una falla. Es un superpoder. Úsalo entonces para hacer el bien.

La empatía y la sensibilidad nos permite dolernos por lo que a Dios les duele, para luego, poder hacer algo al respecto: ayudar, servir y amar como Dios lo haría.

Ya no veo mi sensibilidad como un castigo. Es mi mayor regalo. Es lo que me permite escribir de experiencias que yo no he vivido como si las hubiese experimentado. Es lo que me permite hacer efectivamente mi trabajo como psicólogo y consejero. Y es lo que me permite ahora sentirme parte del grupo cuando todos lloramos viendo La pasión de Cristo.

Así que no cambiaría mi superpoder por nada en el mundo.

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