Cuento: Un regalo de navidad

FreeImages.com / John De Boer

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Santa Claus estaba por llegar. El fuego de la chimenea crepitaba. El viento helado golpeaba contra una ventana.

Tobías no podía dormir.

Su madre le había repetido muchas veces que era requisito que durmiera. Si no, no llegaría Santa Claus ni habría regalos. La última vez que lo había mencionado, fue cuando entró a su habitación para arroparlo y darle un beso de buenas noches. Esto no motivó a Tobías a dormir. Al contrario, saber que debía dormirse le hacía prácticamente imposible lograrlo.

La emoción y la presión eran intolerables.

Intentó contar ovejas en su mente. En su nerviosismo, del 42, regresó al 23, y luego tuvo que volver a empezar, y luego lloró porque no podía contar. Por llorar, se le taponó la nariz, y ahora sentía que no podía respirar.

Daba vueltas en la cama, ahora pidiendo a Dios que le ayudara a descansar. Pero entonces, sintió sed, mas no se atrevía a levantarse.

No era fácil la espera. Por primera vez, en sus siete años de vida, Santa Claus lo visitaría.

Sabía que debía dormir, pero no lo lograba. Tenía que tomar agua. Se levantó de puntillas, con miedo de despertar a su mamá o a su papá. Antes de si quiera llegar a la puerta, escuchó unos pasos. Corrió de regreso a la cama y se arropó velozmente.

Su madre entró a la habitación. Tobías intentó fingir que estaba durmiendo.

No era fácil.

¿Debía quedarse muy quieto o moverse un poco? ¿Debía respirar profundamente, roncar o no hacer ningún sonido? ¿Mantener la boca cerrada o abierta?

Comenzó a sudar mientras su madre se acercaba a la cama. Ella descubriría que estaba despierto. No habría Santa Claus. No habría regalos.

“¿Tobías?”

Tobías abrió la boca y comenzó a producir unos sonidos que le parecían similares a los que hacía su amigo Jayson al dormir.

“¿Tobías, amor, que pasó?”

Su madre lo agarró por las mejillas con suavidad. Entonces, Tobías se dio cuenta de cómo ella lo había descubierto. Estaba llorando otra vez. Tobías abrió los ojos y se sentó en la cama.

“No puedo dormir. No puedo dormir y Santa Claus no vendrá. No puedo…”

Su madre lo miró con una mezcla de profundo dolor e inmenso amor.

“Oh, Tobías, mi niño amado…”

Lo abrazó. Lo abrazó con tanta fuerza, que a Tobías se le secaron las lágrimas y se le desapareció la tristeza. Pero ahora era ella la que lloraba.

“Perdón. Perdóname… no fue mi intención… yo no sé… es que…”

Tobías no comprendía. ¿Por qué lloraba su madre?

“Mamá, no te preocupes. Tú tendrás regalos” intentó tranquilizarla Tobías.

Ella lo miró con orgullo.

“Tobías, mi regalo ya está aquí. Eres tú. Es solo que… perdóname, no quise asustarte con todo esto de Santa Claus… es solo que… todo esto es tan… nuevo para mí… No sé hacer esto. Estoy aprendiendo.”

Tobías no comprendió.

“¿Qué? ¿Qué estás aprendiendo?”

Su madre suspiró y le apretó la mano.

“A ser madre.”

Tobías sonrió. Ella no tenía nada de qué preocuparse. Desde su adopción, cuatro meses atrás, Tobías se sentía más feliz que nunca. Lo estaba haciendo muy bien. Quería consolarla, así que le dijo:

“Es nuevo para mí también. Yo estoy aprendiendo.”

Su madre ladeó la cabeza, observándolo con sus ojos hermosos y vidriosos.

“A ser hijo. No había tenido antes una mamá, así que es nuevo también para mí. Estamos haciéndolo muy bien.”

Su madre lo abrazó otra vez, pero Tobías pensó que no funcionaron sus palabras. Ahora ella lloraba con más fuerza.

“Tobías, te amo tanto. Has llegado a nuestras vidas en el momento perfecto. Tú papá y yo estamos tan felices de que estés aquí. Te esperamos por tanto tiempo y con tantas ansias…”

Tobías analizó las palabras.

“¿Y lograban dormir? ¿Lograban dormir cuando me esperaban, o les pasaba como a mí con Santa Claus y la emoción no los dejaba dormir?”

Su madre sonrió. Realmente era muy hermosa. No lograba recordar a su primera mamá, ya que la última vez que estuvo con ella solo tenía un año, según le habían dicho, pero esta, definitivamente tenía que ser más hermosa.

“Era difícil dormir, Tobías. Es difícil dormir a la expectativa de un regalo.”

Tobías asintió, sintiéndose comprendido.

“Sabes,” continuó su madre. “No es completamente cierto que Santa Claus no llega si no duermes.”

A Tobías se le abrieron los ojos grandes como platos por la emoción.

“¿Ah no?”

“No. Me equivoqué. Lo que quise decir fue que no le gusta que lo vean. Solo no salgas del cuarto. Con eso estarás bien.”

Tobías asintió sonriente. Eso sí era algo que podía hacer.

Su madre lo colmó de besos antes de salir de la habitación. Tobías sentía que vivía en una burbuja de felicidad.

Cerró los ojos.

El sueño estaba llegando.

Ya no sentía tanta emoción por la llegada de Santa Claus.

Había ganado un padre y una madre.

¿Qué mejor regalo que ese le podía traer Santa Claus?

Así que, sin necesidad de contar, ni clamar, ni llorar, Tobías se quedó dormido plácidamente.

FIN.

 

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