El segundo sueño del viejo juguetero (Cuento)

Photo credit: Manilblack via Foter.com / CC BY-ND

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El anciano juguetero se ajustó los lentes y secó el sudor de su frente. Dio un largo suspiro. Le dolían las manos. Su esposa le decía continuamente que debía ir al médico, pero él no tenía tiempo para doctores.

El viejo puso el trencito sobre su mesa de trabajo y miró a su alrededor. Su pequeño taller estaba lleno de pedazos de madera, muñecas por terminar, pinturas en todas partes, peluches sin rellenar, pinceles en un tarro con agua. Era un caos, pero era SU caos. Nunca dejaba que su mujer lo tocara. Era su espacio mágico.

El anciano no siempre soñó con convertirse en juguetero.

En su juventud, quería ser un arquitecto. Sin embargo, su familia era muy pobre. Había tenido que comenzar a trabajar desde su adolescencia; los estudios universitarios eran solo una ilusión sin posibilidad alguna.

Muchas veces, sus hermanos le preguntaban si era feliz. Cuando lo visitaban al taller y miraban el desastre de juguetes, sacudían la cabeza. Sentían lástima y compasión.

“Pobre de ti. Un hombre con gran capacidad intelectual, con grandes metas, sin poder realizar su sueño. El mundo se perdió de un gran arquitecto”.

El anciano sentía coraje al escuchar esas palabras. No necesitaba su lástima, porque todos ellos estaban equivocados. El mundo no se había perdido de un gran arquitecto; el mundo había ganado un gran juguetero.

Una vez, anheló levantar y construir edificios. Ahora, levanta y construye juguetes de madera. Y hace mucho más que eso. Es un constructor de sueños, risas e ilusiones.

Y es inmensamente feliz.

El anciano, cansado por la ardua labor del día, se levantó del viejo taburete mientras reflexionaba.

Hay personas que sueñan con algo y lo alcanzan. Entonces, son felices para siempre. O no lo son.

Otras personas, no pueden alcanzar su primer sueño. O no pueden consumar su primer amor. O no se completa ese primer embarazo. O no son exitosos en ese primer empleo. O no funciona el primer matrimonio. O no resulta el primer plan para su vida. Entonces, pueden rendirse… o pueden volver a soñar.

Él decidió tener un segundo sueño.

Los demás dirán que el segundo sueño no se ama igual, no se disfruta igual, porque el primero era mejor, pero eso es falso. El segundo sueño no es peor o mejor, es simplemente… diferente.

El anciano miró una vez más su taller y dio gracias a Dios. Sintió agradecimiento porque, aun cuando su primera opción no se cumplió, logró la segunda, y resultó ser inmensamente satisfactoria. Y allí mismo, en medio del polvo y las herramientas y los juguetes, cerró los ojos e inclinó su rostro. Allí en su caos, elevó una oración por todos aquellos que perdieron su primer sueño. Le rogó a Dios que pudieran encontrar amor y pasión por un segundo sueño.

Se le saltaron un par de lágrimas cuando terminó su oración. No eran lágrimas de tristeza, ni de frustración, eran lágrimas de agradecimiento.

Era un hombre feliz. No tuvo lo que quería, pero tuvo justamente lo que necesitaba, y aprendió a amarlo.

Y eso era más que suficiente.

El olor del pollo recién horneado llegaba a su lugar de trabajo. El viejo sonrió. La cena estaba lista. ¿Qué más podría pedir?

Al salir, apagó la luz del taller y cerró la puerta con llave. Guardó la llave en un bolsillo de su camisa, cerca de su pecho, cerca de su corazón.

FIN.

Comments

  1. heysha hernandez says:

    🙂 Me encanto este cuento,muy bonito de verdad.

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