Una caída espectacular

Yo tendría entre 12 a 14 años de edad. Estaba caminando en la escuela, bajando una rampa frente a algunos salones de clase repletos de estudiantes. Conversaba con una amiga.

Entonces…

Tropecé. Y me caí.

Caí al suelo, rampa abajo, espectacularmente. Quedé acostado en el suelo, con las manos extendidas, cual beisbolista que se lanza a tocar la base para que le griten:

SAFE!

Quedé tirado en el suelo, lleno de polvo y magullado.

Lo peor no fue eso.

Los salones de clase que estaban junto a la rampa tenían las ventanas abiertas. Con el sonido estrepitoso de mi caída, todos los estudiantes voltearon las caras al unísono hacia la rampa, para darse cuenta de que estaba tirado en el suelo.

Pienso que el estruendo de las carcajadas debió haberse escuchado por toda la ciudad. Todos los alumnos se reían, me señalaban y, algunos, gritaban improperios.

Me levanté poco a poco del suelo. Miré frente a mí. Me impactó que mi amiga había seguido caminando. Corrí hasta ella.

¿Por qué me había dejado en el suelo?

Al alcanzarla, entendí el por qué.

Estaba haciendo lo posible por aguantar sus carcajadas, pero no podía. Su cara estaba roja; las lágrimas provocadas por la risa caían por sus mejillas.

Ese recuerdo quedó grabado en mi mente, sin embargo, no porque fuera vergonzoso.

No sentí vergüenza, ni coraje, ni ansiedad.

¿Cómo lo logré?

¿Cómo podemos enfrentar momentos de dificultad sin dejarnos llevar por la ira, la tristeza, la vergüenza?

¿Cómo tomamos control de nuestras emociones?

De esta manera:

  • Cuando me caí, mi primer pensamiento no fue: “¡Qué tonto soy! Lo primero que pensé fue: “¡Esto será una divertida historia para contar!” – Se trata de perspectiva. En ningún momento del evento pensé que eso era una catástrofe. Luego de asegurarme de que no tuviera ninguna herida seria, pensé más allá. Pensé que esta divertida historia sería algo que estaría contando y de lo que estaría riéndome en los años por venir. Cuando venga la dificultad, pongamos el evento en perspectiva. Dentro de 10 años, ¿sentirás la misma ira, la misma vergüenza, la misma tristeza? Si no es así, entonces réstale importancia al evento y a la emoción. Imagínate contando la historia a tus hijos, a tus nietos. Acepta el evento como una experiencia a compartir y de la que puedes aprender, no como una maldición a resistir.

 

  • Cuando se rieron de mí… ¡me reí con ellos! – Cuando me levanté del suelo, con el coro de risas y burlas, no pude evitar reírme yo también. Miré a los estudiantes divertidos, me encogí de hombros… ¡y me reí con fuerza! ¿Sabes qué pasó? Que nadie nunca más se burló, ni recordó la caída, porque sabían que no era algo que me avergonzaba; era algo que me sacaba una sonrisa. ¡En verdad fue una caída muy chistosa! Cuando alguien nos ataca o se burla y no le damos mayor importancia, le quitamos el poder a sus palabras. Cuando te digan que eres una “amargada”, o “torpe”, o cualquier sobrenombre que te ofenda, en lugar de irritarte, crea alianzas. Puedes decir: “Sabes, no lo había pensado, pero sí es algo con lo que debería trabajar. Gracias por preocuparte.” O, simplemente, ¡no te tomes las cosas tan en serio! ¡Ríete un poco!

 

  • Acepta y ama a las personas que están contigo… incluso cuando sus reacciones no sean ideales – Mi amiga se partía de la risa por mi caída. Me dejó tirado para que no la viera reírse. Cuando llegué junto a ella, no le grité, no reclamé, no me enojé. Mis palabras para ella fueron: “¡Ríete en libertad! ¡Fue gracioso!” Al darle permiso, se rio con más fuerzas, pero pudo ser de ayuda también. Me preguntó si estaba bien, me escuchó y siguió siendo mi amiga. No te enojes porque tu amigo no te entiende a la perfección, no te desesperes porque tu esposo o tu mamá no hizo lo que tú esperabas, o lo que tú hubieras hecho en su lugar. Toma la ayuda (y a las persona) tal como vienen, y agradece por tenerlas. Fue mejor para mí tener una amiga con quien reírme de mi caída que haber pasado el momento a solas. Valora los consejos (aunque sean mediocres), la presencia (aunque sea muy tarde) y el apoyo (aunque esté mirando el teléfono mientras lo ofrece). Así evitarás que, además de la vergüenza, la ira te controle.

 

El recuerdo de mi caída espectacular es uno que hoy día trae una sonrisa a mis labios. Cuando la caída viene a mi mente, recuerdo mi escuela, a una buena amiga, mi adolescencia, las risas. Ese recuerdo me sabe a buenos tiempos.

Tú también puedes ser capaz de cambiar tus historias y cómo te afectan los momentos difíciles que vives.

Toma control de tus emociones.

Son solo tres pasos:

  • Piensa en el futuro. Esto también pasará.
  • No discutas con los que te están atacando. Crea alianzas.
  • Ama y agradece la ayuda imperfecta que te ofrezcan.

Si sigues estos consejos, te darás cuenta de que te irás quedando sin malos recuerdos, y que, en cada evento negativo, tendrás algo por lo que dar gracias.

Y sí… ¡PUEDES REIRTE DE MI CAÍDA!

 

Comments

  1. 🙂 me gusto esta historia,buena ayuda,aunque cuando alguien se cae yo no soy de reir,me preocupa que la persona se lastime…¡pero quien no se ha dado un buen resbalón en la escuela!,jaja (no me rio de Ud,me rio de mi…jaja,recuerdos…)

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