Voces (Un cuento para reflexionar)

Credit: FreeImages.com / Alexandre Jaeger Vendruscolo

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La pobre mujer se estaba muriendo, así que tenía poco que perder. No le atemorizaban ya las amenazas ni los cuentos tétricos de la abuela Julia. Era una adulta. Era una mujer. Tenía 18 años. No era una retrasada, como le decía la abuela. Ella era capaz de tomar sus propias decisiones.

Le quedaban solo unos pocos días de vida, así que no permitiría que nada ni nadie dirigiera el corto tiempo que le restaba. Recordaba bien  lo que le había dicho su primo Heráclito:

“El que no va a vivir tu vida, no tiene derecho a controlarla tampoco. Te debes a tu Dios, a tu sueño y a ti misma. A nadie más.”

La mujer llegó a la humilde cabaña cuando recién comenzaba a caer la noche. Tocó la puerta con fuerza, sin timidez alguna. Era la primera vez que actuaba de manera tan decidida. Siempre había vivido dominada. Para responder cualquier pregunta, primero miraba de soslayo a la abuela, quien le indicaba con un leve movimiento de su cabeza si podía contestar o no.

“Entre” dijo una voz quebradiza en el interior.

La mujer dudó por primera vez desde que salió de casa. ¿Era realmente este el hogar del Sabio Vidente?

Empujó la puerta, pero sin ganas. No se movió.

Recordó entonces las palabras de Camilo, su profesor de natación:

“Si te vas a lanzar al agua, hazlo de sopetón. No te quedes pensándolo mucho antes del lanzamiento, o nunca harás lo que tienes que hacer.”

Así que la mujer empujó una vez más, abrió la puerta por completo y entró a paso seguro.

Sentía que la casa de madera apolillada se balanceaba con sus pasos.

Se detuvo frente a un mullido mueble que parecía estar hecho de piel de oso. La cabeza del oso sembrada como trofeo en la pared del fondo parecía darle la razón.

Sintió asco. ¿Era el Sabio Vidente capaz de matar una criatura tan hermosa como un oso,  simplemente por tener el placer de sentarse en ese feo mueble?

Entonces recordó las palabras de Minerva, la cariñosa tutora que la cuidaba junto a su abuela:

“Nunca juzgues a nadie sin saber su historia completa. No has caminado en sus zapatos; no puedes criticar a dónde van sus pies. Siempre piensa lo mejor de las personas, hasta que te den una razón más que válida para creer lo contrario.”

“Fue en defensa propia” graznó el diminuto hombre sentado en el mueble, mientras acariciaba la piel de oso.

“El oso atacó a mi maestro. Él se defendió. Nuestro objetivo no era el mueble, pero resultó cómodo.”

La mujer asintió ante las palabras del feo y desnutrido hombre, que tenía ojos bizcos y una sucia barba poblada.

“Busco… busco a…”

La mujer sintió que las palabras se atoraban en su garganta, pero en ese momento recordó lo que le dijo una vez  su hermana.

“Es mejor vivir una vida de ¡ups!, que una vida de ¡ah! Di lo que piensas y lo que quieres. Si yerras, serás perdonada, pero si no lo intentas, serás olvidada.”

“Busco al Sabio Vidente. Me estoy muriendo, y quiero pasar mis últimos días con él, porque dicen que conoce el secreto de la felicidad y la vida plena. Quiero ser feliz al menos en mis momentos finales.”

El hombre tosió y luego escupió en el suelo. Asintió, con ojos brillosos y relamiendo sus labios.

“El Sabio Vidente llegará… en unos minutos. Siéntate.”

El extraño individuo señaló un espacio de mueble que quedaba junto a él y se quedó mirándola fijamente.

La mujer comenzó a sudar y a respirar aceleradamente. No podía evitarlo. El miedo había regresado. La estaba dominando otra vez.

Intentó traer a memoria las palabras sabias de sus amigos y familiares.

“nadie controla tu vida… hazlo de sopetón… no juzgues… inténtalo o serás olvidada…”

El hombre seguía sonriendo.

No pudo más.

Su mente fue invadida por el recuerdo de las palabras de la abuela Julia:

“NO SALGAS NUNCA DE ESTA CASA SIN MÍ. NUNCA. SOLO HAY PELIGROS ALLÁ AFUERA. LA GENTE ES PERVERSA, Y TÚ ERES MUY TONTA PARA DEFENDERTE SOLA. AQUÍ NACISTE Y AQUÍ MORIRÁS.”

El recuerdo la tambaleó.

Sin despedirse, salió a toda prisa de la casa.

Mientras lloraba, corría a toda velocidad de regreso a los brazos injustos pero seguros de su abuela.

Tuvo un recuerdo más.

Eran las palabras de su madre, en paz descanse.

Ten mucho cuidado, princesa. Ten mucho cuidado con lo que escuchas. Las palabras negativas son como puñales que se clavan en tu cuerpo. Una palabra negativa se adhiere a ti con mayor fuerza y certeza que mil palabras de aliento. Ten mucho cuidado…”

¡Oh, cuánta razón tenía!

“¡Ah!”

La extrañaba mucho. Pero se reencontrarían pronto.

Dos minutos después de la abrupta salida de la mujer, el Sabio Vidente se levantó del mueble, transfigurándose en un segundo y recuperando su apariencia real. El  joven moreno, fuerte y alto, solo sacudía la cabeza, decepcionado ante otra posible aprendiz que había desperdiciado una gran oportunidad. Caminó hasta la cabeza del oso empotrada en la pared, y de la boca del animal sacó la Pócima de la Felicidad, seguida de la Pócima de la Vida Eterna. Las miró con añoranza. Esperaba que algún día llegara alguien digno de compartirlas con él. Suspiró y guardó las pócimas otra vez. Se sentó una vez más en el mueble, a esperar. Pensó que quizás era posible que la mujer decidiera regresar.

Pero no fue así.

La joven a los tres días murió, y fue para siempre olvidada.

El Sabio Vidente y las dos pócimas siguen a la espera de un aprendiz.

FIN.

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